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Patrimonio, simbolismo y espacio público

• Coinciden expertas en que el patrimonio cultural tangible e intangible de un pueblo y barrio originario le dan identidad y su vínculo con el espacio púbico es fundamental para la apropiación del territorio urbano a través de elementos y prácticas culturales que recrean la memoria y refuezan su sentido de pertenencia.

En el marco del proyecto Pueblos y barrios originarios: historia viva en la Ciudad de México, que realiza el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad (PUEC) de la UNAM, en convenio con la Secretaría de Educación, Ciencia, Tecnología e Innovación (SECTEI) de la Ciudad de México, se realizó el 19 de febrero la conferencia “Patrimonio, simbolismo y espacio público” en la Casa de las Humanidades.

La especialista en conservación patrimonial, Mtra. Lilia Rivero Weber, del PUEC UNAM, señaló que “dentro de la compleja ordenación urbana que conforma la Ciudad de México y sus particularidades culturales e históricas, los pueblos y barrios originarios son el constituyente primario de la ciudad misma y, por ende, es indispensable entender su fundamento histórico y el desarrollo que han tenido a lo largo de 500 años de historia”.

Asimismo, recalcó “la falta de conocimiento y comprensión de la dinámica de los pueblos originarios que ha causado su degradación y pérdida de identidad.” Las fiestas patronales de los pueblos y barrios son parte esencial de su identidad y es ahí donde el papel de los expertos en conservación del patrimonio material e inmaterial es fundamental.

“La tutela de nuestro patrimonio cultural en todas sus expresiones encuentra su razón de ser en la defensa de los valores más significativos que dan identidad y sentido de pertenencia a un pueblo”. Por ello dijo, los especialistas dedicados a la protección y conservación del patrimonio pueden apoyar para que queden en resguardo de las mismas comunidades elementos de su patrimonio. Remarcó que el objetivo principal de conservar y restaurar las creaciones y los elementos artísticos de los pueblos es su valor social y cultural.

Algunos de los principales desafíos en la materia son los recursos insuficientes, la falta de interés, las disputas internas y la incapacidad de gestión con las comunidades. Para concluir, comentó se requiere de un trabajo interdisciplinario para integrar la identidad y la conservación patrimonial.

La Dra. María Ana Portal Ariosa, profesora-investigadora del Departamento de Antropología de la Universidad Autónoma Metropolitana, unidad Iztapalapa, precisó que, “los grupos sociales generan mecanismos particulares para delinear su territorio y espacio vital y cada grupo va a generar sus fronteras que delimitan el adentro y el afuera, y a partir de eso se construye el sentido de pertenencia y de identidad”.

En su conferencia expuso un estudio comparativo de dos grupos sociales de la alcaldía de Cuajimalpa: uno a habitantes de zonas residenciales de Santa Fe y el otro a habitantes de los pueblos San Mateo Tlaltenango, San Bartolo Ameyalco, San Pablo Chimalpa, San Lorenzo Acopilco y San Pedro Cuajimalpa.

Explicó que “ambos sectores sociales tienen la necesidad de construir fronteras, ya que tienen su propia vivencia de la inseguridad y el miedo, sin embargo, de acuerdo con su postura de etnia, clase y visión del mundo lo enfrentan de manera diferente. El sector de nivel alto afronta el miedo migrando simbólica y físicamente de los espacios públicos, mientras que los pueblos generan estrategias de apropiación de lo público, vinculado a un mundo de creencias ancestrales y prácticas particulares”, los primeros acuden a la respuesta individual contratando agentes especializados y dejando el manejo del peligro a otros, mientras que los segundos lo hacen de manera directa reforzando el sentido de colectividad.

La Dra. Portal consideró que los diversos sectores sociales temen a cosas distintas pero que un miedo constante en las ciudades puede ser el miedo al desdibujamiento de las fronteras y la pérdida de lo local. De esta manera, la inseguridad y el miedo exacerbado por el crecimiento de las urbes y los medios de comunicación generan procesos que, paradójicamente, “tienden a reforzar la identidad local a través de mecanismos relativamente simples: el marcaje del territorio, la sacralización de lo público, la reproducción de creencias ancestrales, la certeza del adentro y el afuera y con ello la pertenencia, es decir, el miedo puede ser leído no solo como un dispositivo de superviviencia, sino como un mecanismo central para el desarrollo identitario del grupo”.

Entre las principales características encontradas, destacó que los habitantes de las zonas residenciales desarrollan su vida en circuitos muy limitados, principalmente en torno a su residencia; la vida de la ciudad y social se limita a un área restringida de la metrópoli; la calle se usa casi exclusivamente para transportarse en sus vehículos; desconocen lo que sucede en su entorno inmediato, no tienen contacto con vecinos, organizaciones vecinales, religiosas y políticas.

Para este sector el espacio público es inexistente, es visto como peligroso; no usan el transporte público ni acuden a lugares de contacto con diferentes. Su respuesta al miedo es física, desapropiándose del espacio público y desatendiéndose de lo público. La identidad la construyen a partir de referencias de la vida laboral y en las formas y lugares de consumo. El territorio no es su referente central de identidad. Lo individual es sobredimensionado frente a lo colectivo.

A diferencia del otro grupo, los habitantes de los sectores populares usan el espacio público por necesidad; hacen un uso intensivo de la calle porque la mayoría no tiene auto; utilizan a diario el transporte público y caminan distancias largas; la calle es un espacio de encuentro donde se socializa; mantienen mayor movilidad con el conjunto de la ciudad; no pueden prescindir del espacio público por más inseguro que se considere, sufren sus contradicciones y desde ahí se vinculan con el Estado, las instituciones y con ellos mismos.

“Es en lo público donde construyen la frontera del nosotros: mi manzana, mi barrio, mi cuadra, mi pueblo; acuden a plazas, deportivos y jardines, aunque la oferta de espacios públicos es bastante escasa; en estos espacios desarrollan la mayor parte de sus relaciones sociales; en este uso intensivo de la calle y los espacios públicos, tejen la información local y no pueden cerrar estos espacios”.

Este sector realiza el marcaje del territorio a través de la colocación de altares religiosos en la vía pública, por ejemplo, de nichos de vírgenes y santos. Estos tienen funciones diferentes determinadas por su ubicación, algunos articulados a lo sagrado por creencias prehispánicas. “Los altares son mecanismos no violentos de control de la inseguridad, sustentados en dispositivos culturales que funcionan eficazmente en el plano ideológico”.

La académica añadió que estos altares no solo forman parte del paisaje urbano, sino que se relacionan con la religiosidad popular y representan una manera de apropiación del territorio en la ciudad. “Son elementos con una carga cultural profunda que otorgan a los espacios públicos un significado no solo por su ubicación o por su uso, sino porque a través de ellos se recrea la memoria y las identificaciones sociales que alimentan las identidades locales”. Los habitantes los identifican como suyos y realizan prácticas de apropiación, llenan el espacio de elementos simbólicos y afectivos que los hacen sentir protegidos, seguros y visibles, dotándolos de significados sagrados.

Finalmente, la investigadora precisó que el miedo se convierte en un organizador de la identidad. Añadió que la antropología urbana puede aportar más elementos para explorar el tema de la inseguridad y los miedos urbanos.

El proyecto que realiza el PUEC “Pueblos y barrios originarios: historia viva en la Ciudad de México”, pretende conocer las configuraciones y reconfiguraciones territoriales de los pueblos y barrios originarios de la capital mexicana, integrando factores culturales como los usos del espacio público, elementos simbólicos, la identidad social, mitos y leyendas, prácticas religiosas y productivas, que le dan identidad al territorio, explicó la coordinadora del proyecto, Dra. Alejandra Pérez Galicia, del PUEC.

 

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